Epílogo

​De nuevo la calma. Esta vez, el silencio que la envuelve es más puro, lleno, carga mi propio peso y alivia mis cansados músculos, quita cada aspereza, cada preocupación, mi mente está completamente en blanco mientras la sangre que fluye por mis venas se adormece a la espera de escribir por última vez, el último verso; mi latido, una última nota, siento el cálido regazo del epílogo y me dice que ya no debo continuar.

Olvido

De repente cierra los ojos y se siente inundado por un río que deja fluir a través de sí.

Inhala el familiar petricor que proviene desde el exterior y lo transporta a su infancia, tiempos mejores que añora con cierto grado de nostálgia.

El olor a tierra mojada le recuerda a su pueblo, sus raíces. La voz de un padre, las caricias de una madre. La cálida sonrisa de su primer amor.

Casi siente que todo eso ha perdurado a lo largo de estos años, pero el tiempo lo ha ido desvaneciendo en un lento aunque inexorable degradé.

Daría todo por un segundo más de aquello que dejó atrás, pero ya no existe. Lo que queda de ello, es una fotografía en un recóndito cajón de su memoria alejado del olvido.

Chasing the dragon

Esta historia que voy a contarte tuvo lugar hace mil años en una tierra distinta a la que hoy conocemos.

Las montañas se alzaban al cielo como grandes paredes dibujando las laderas que limitaban el valle de los tahúres, la más grande raza de las civilizaciones.

Tahúr era temerosa, incluso después de varias décadas pasado el último gran ataque de las bestias de fuego. Tahúr temía. La gente nacía, crecía y moría sin ver nada más que un escaso paisaje rodeado de una enorme estructura de piedra, generada por los volcanes en el principio de los días.

A pesar de esto a las personas no parecía importarle ignorar lo desconocido, ya que la enorme muralla suponía un aparente escudo ante cualquier ataque de las horribles criaturas que se habían llevado a sus antepasados.

Cealan quiso ir más allá, más allá del valle, explorar la tierra prohibida y conocer a las feroces bestias que protagonizaban las leyendas de su pueblo.

Así que marchó hacia el sol, en búsqueda del fuego.

Cealan vagó durante el periodo de nueve lunas y a la décima cayó inconsciente en medio del desierto púrpura.

Despertó pocas horas después en el interior de una cueva donde un anciano de larga barba grisacea le sonreía en tono amistoso.

El viejo ermitaño se adelantó a su joven huésped diciéndole que ya conocía la razón de su travesía y extendiendo su mano le ofreció un pequeño espejo plateado.

– No es como ninguno que haya visto- Observó Cealan

– Claro que no- Respondió el anciano – Este no es un espejo ordinario, pero solo llegado el momento descubrirás su singular propósito.

Tras ciertas advertencias por parte de su salvador, Cealan partió al alba, su destino… Pronto lo sabría.

Caminó hasta que ya no pudo, entonces corrió, solo hasta que pudo darse cuenta de que podía volar; y voló. Desplegó sus alas y se elevó tan alto que fué capaz de sentir los tibios rayos de sol que parecían hacerle suaves y delicadas caricias en su rostro. Se abrió vuelo entre las nubes, con movimientos seguros y elegantes. Sus alas eran de mil colores y sus ojos dejaban ver un interior calmo y sereno lleno de paz. Era hermosa.

Han pasado ya mil años desde que los dragones habitaron esta tierra, pero cada vez que alguien se atreve a explorar más allá de los límites que nos impone el miedo, cada vez que caminamos al horizonte con el sol como única meta. Nos asombramos, descubrimos, conocemos realmente el mundo y nos conocemos realmente a nosotros mismos.

Efímero instante

Amo viajar y amo los libros; y amo permitirme viajar a través de ellos. A través de las líneas que se dibujan en su lomo evidenciando largas horas de compañia durante mi soledad, durante largas noches, noches en vilo que no parecen tener un fin pero si un motivo.

Cada marca representa un camino, pero también una huella. Cada ejemplar es un nuevo mundo que me ofrece nuevas aventuras que pronto ansío explorar. Me invita a nuevas realidades y en todas ellas no necesito fingir, puedo ser.

Me fascinan las historias, recorrer las calles de sus envejecidas páginas que me sirven de transporte a otro universo, quizás mejor, quizás diferente.

Los libros son parte de mi vida, una brújula cuando necesito encontrarme y el mejor aliado cuando quiero escapar al menos por un instante, un efímero instante, de la monótona rutina, de los pálidos grises de mi vereda, de los ruidos de mi enpolvada ciudad, de una verdad que me condena.

#NiUnaMenos

Haciendo alusión al tema, quiero contarles una experiencia que viví hace poco más de un año durante una clase de filosofía.

Todo en cuestión derivó de nuestro aborde al pensamiento de Nicolás Maquiavelo quien postuló que el ser humano, llegado el momento, muestra un comportamiento inconsciente y animal. Es decir que frente a la presencia de situaciones límites tales como son la muerte, la locura… Perdemos nuestra capacidad de razonamiento, tal vez, único argumento que nos diferencia de las demás criaturas que habitan en el planeta. Pero bueno, suelo irme por las ramas, ya retomando el relato, nuestra profesora, a quien le guardo mucho aprecio, se dirigió a nosotros su clase, con la consigna de que debíamos describir y personificar algunos animales que se nos presentaba en la pizarra, un león, cierta ave, un zorro… Todos concluímos en que este último poseía sin lugar a dudas, astucia, seguridad, tranquilidad y muchos otros adjetivos y cualidades que cualquier persona portaría con orgullo. Sin embargo, solo pude quedar perplejo ante la reacción que se produjo al deber de describir a la zorra. Me sorprendió oír que al igual a la vez anterior se le atribuían por general concenso, conceptos muy degradantes incluso para un animal. Me limité a escuchar, en parte también porque la fina sonrisa de satisfacción en el rostro de la profesora me revelaba que había logrado su verdadero cometido, desenmascarar a las bestias que llevaban consigo un concepto tan bajo del género femenino al cual le debemos la vida y bastante más. Esto me hizo entender que aquello no era otra cosa que una prueba, una especie de test de aptitud social al cual fuimos sometidos.

Ese fué mi primer gran choque con la realidad que quizá hasta el momento escapaba a mis ojos, así como mi primer encuentro con la lucha del feminismo, al cual admito, hasta entonces no era capaz de comprender.

Sinceramente me parece profundamente triste el hecho de que en el transcurso del día de ayer, miles de mujeres sintiesen la necesidad de marchar en pos de suplicar, entre otras cosas QUE NO LAS MATEMOS. Sin dudas es algo más que debería de avergonzarnos como género masculino, como también deberíamos de sentir vergüenza al autoproclamarnos seres evolucionados y civilizados sobre el resto de los seres vivos que seguro contrariamente a nosotros poseen un mayor entendimiento de conceptos como diversidad, respeto, vida.

Koi no Yokan

Si hubiese sido una canción, habría sido una sinfonía de sonidos y matices, como una brisa que luego de acariciarte, alborota tu cabello en un rápido frenesí de colores; de formas curvas con lentas ondulaciones; como un mar en calma, que sabes, pronto será sacudido por una tempestad. Así me sentí.

Y allí estaba, parada frente a mí, con sus ojos saltarines de color café moviéndose de un lado a otro como queriendo analizarlo todo. Sus mejillas apenas ruborizadas, su tez, su pequeña nariz y su pelo largo y oscuro como una noche sin luna. Todo en ella encajaba a la perfección.

La observé. No, la ví, vi dentro de ella, de su alma. Dentro de su mirada tan profunda y sencilla que me estremecí.

La vida no nos prepara para eso, nadie lo hace. Supongo que eso hace que cuando llegue el momento, lo sepas.

Una fina sonrisa se dibujó en su rostro y me quedé contemplando sus facciones varios segundos, varias eternidades. Entonces comprendí el motivo que nos llevó a querer pintar, escribir, cantar. Comprendí el orígen de ese deseo por expresar lo que sentimos, por darle voz propia a aquello que solo entiende el lenguaje del alma, a eso que llamamos arte.