Chasing the dragon

Esta historia que voy a contarte tuvo lugar hace mil años en una tierra distinta a la que hoy conocemos.

Las montañas se alzaban al cielo como grandes paredes dibujando las laderas que limitaban el valle de los tahúres, la más grande raza de las civilizaciones.

Tahúr era temerosa, incluso después de varias décadas pasado el último gran ataque de las bestias de fuego. Tahúr temía. La gente nacía, crecía y moría sin ver nada más que un escaso paisaje rodeado de una enorme estructura de piedra, generada por los volcanes en el principio de los días.

A pesar de esto a las personas no parecía importarle ignorar lo desconocido, ya que la enorme muralla suponía un aparente escudo ante cualquier ataque de las horribles criaturas que se habían llevado a sus antepasados.

Cealan quiso ir más allá, más allá del valle, explorar la tierra prohibida y conocer a las feroces bestias que protagonizaban las leyendas de su pueblo.

Así que marchó hacia el sol, en búsqueda del fuego.

Cealan vagó durante el periodo de nueve lunas y a la décima cayó inconsciente en medio del desierto púrpura.

Despertó pocas horas después en el interior de una cueva donde un anciano de larga barba grisacea le sonreía en tono amistoso.

El viejo ermitaño se adelantó a su joven huésped diciéndole que ya conocía la razón de su travesía y extendiendo su mano le ofreció un pequeño espejo plateado.

– No es como ninguno que haya visto- Observó Cealan

– Claro que no- Respondió el anciano – Este no es un espejo ordinario, pero solo llegado el momento descubrirás su singular propósito.

Tras ciertas advertencias por parte de su salvador, Cealan partió al alba, su destino… Pronto lo sabría.

Caminó hasta que ya no pudo, entonces corrió, solo hasta que pudo darse cuenta de que podía volar; y voló. Desplegó sus alas y se elevó tan alto que fué capaz de sentir los tibios rayos de sol que parecían hacerle suaves y delicadas caricias en su rostro. Se abrió vuelo entre las nubes, con movimientos seguros y elegantes. Sus alas eran de mil colores y sus ojos dejaban ver un interior calmo y sereno lleno de paz. Era hermosa.

Han pasado ya mil años desde que los dragones habitaron esta tierra, pero cada vez que alguien se atreve a explorar más allá de los límites que nos impone el miedo, cada vez que caminamos al horizonte con el sol como única meta. Nos asombramos, descubrimos, conocemos realmente el mundo y nos conocemos realmente a nosotros mismos.

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