Koi no Yokan

Si hubiese sido una canción, habría sido una sinfonía de sonidos y matices, como una brisa que luego de acariciarte, alborota tu cabello en un rápido frenesí de colores; de formas curvas con lentas ondulaciones; como un mar en calma, que sabes, pronto será sacudido por una tempestad. Así me sentí.

Y allí estaba, parada frente a mí, con sus ojos saltarines de color café moviéndose de un lado a otro como queriendo analizarlo todo. Sus mejillas apenas ruborizadas, su tez, su pequeña nariz y su pelo largo y oscuro como una noche sin luna. Todo en ella encajaba a la perfección.

La observé. No, la ví, vi dentro de ella, de su alma. Dentro de su mirada tan profunda y sencilla que me estremecí.

La vida no nos prepara para eso, nadie lo hace. Supongo que eso hace que cuando llegue el momento, lo sepas.

Una fina sonrisa se dibujó en su rostro y me quedé contemplando sus facciones varios segundos, varias eternidades. Entonces comprendí el motivo que nos llevó a querer pintar, escribir, cantar. Comprendí el orígen de ese deseo por expresar lo que sentimos, por darle voz propia a aquello que solo entiende el lenguaje del alma, a eso que llamamos arte.

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